domingo, 21 de septiembre de 2008

Los seres vestidos de negro

Otro cuento muy malo (si es posible, peor que el anterior) es el que les entrego el día de hoy. Dejen sus comentarios. 



Siguió corriendo con rapidez hasta que se le agotaron las fuerzas. El hombre no sabía quienes eran los que lo seguían desde hace varias semanas. A donde quiera que iba, ellos aparecían.


Primero, no había notado la presencia de estos seres hasta el día que estuvieron en frente de su oficina. Todos ellos iban vestidos de negro, elegantemente y con un singular sombrero de copa. Extrañamente, parecían tener la misma estatura y la misma complexión, pero no podía notar los rasgos de sus caras. El les habló, pero hicieron caso omiso de la invitación que les hacía a pasar a su oficina. 

Al otro día, no solo los vio esperando afuera de su oficina, sino que estaban en su misma casa, junto a su familia. Nadie más parecía notar la misteriosa presencia de estos seres que carecían de rostro, como pudo apreciar al fijarse en ellos detenidamente. Para su familia, simplemente era como si no estuvieran ahí: pasaban entre ellos sin hacer ninguna exclamación e incluso se llegaron a sentar sobre ellos. El les contaba sobre lo que pasaba, pero ellos lo encolerizaban al decirle que eran producto, y sólo eso, de su hábil imaginación.

Del tercer día en adelante, los seres se encontraban en frente de su cama, esperándolo. No dormían, no comían, solamente disfrutaban del placer que les producía la desesperación y el miedo adquiridos por el hombre, que atormentaban desde entonces todo el día y toda la noche. Incluso los veía en sus sueños, o pesadillas, como una sombra vaga e inocua, estaban ahí, mudos e inertes, insensibles a lo que fuera que pasara.

Su familia cada día que pasaba lo veía más tembloroso y nervioso. Llegaron a temer por su salud mental y hubo arduas discusiones acerca de ver a un psicólogo. Seguían sin notar la presencia de los elegantemente vestidos seres.



Había perdido a sus perseguidores, pero ya que no podía seguir corriendo, decidió ir a la primera tienda que vio. Al entrar, vio a unos maniquíes vestidos de negro, elegantemente y con un singular sombrero de copa. Ésta imagen le causó una impresión tan profunda, que en menos de dos segundos ya se encontraba en el suelo, inánime.

Al despertar, no pudo ver nada. El lugar en donde estaba era horriblemente oscuro y, además, se encontraba acostado. Trató de hacer algo, cualquier cosa, pero el espacio en el que movía su cuerpo era demasiado pequeño y angosto. ¡Había sido enterrado vivo! Gritó hasta que su garganta sentía como si hubiese tragado un puño de arena, pero nadie era capaz de escuchar sus gritos, que provenían de varios metros de debajo de la superficie. 

Meditó largas horas sobre su vida, lo que había logrado y todo aquello que muchas veces quiso, pero que nunca pudo hacer nada al respecto para llevarlo a cabo. Pensó en su familia y el desamparo en el que los dejaba. Ahora que el ya no estaba con ellos, su vida sería mucho más difícil. Los varones mayores tendrían que trabajar y su esposa tomaría la enorme responsabilidad que representaba el negocio. Pensó en sus padres, que habían muerto hace tiempo, y en sus hermanos y en todas las personas que amaba y valoraba en el mundo. Pensó en los seres, que en tan corto tiempo, le habían llevado la desgracia y su próxima muerte. 
Su respiración se volvía cada vez más difícil y entrecortada, sentía como si una mano con fuerza en demasía apretara su cuello, despojándolo del paso del aire a través de él. Desesperó.