Siguiendo el consejo que me dejó mi amigo, primo (de cariño) y hermano David, postearé lo que le dejé de comentario en su más reciente entrada.
Resulta que David ha recibido de mi parte algunos conocimientos en cuanto a música se refiere… Primero se extrañó de mis gustos, pero ahora se ha declarado adicto a lo mismo que yo: Pink Floyd.
Y así va el texto, con unas cuantas correcciones:
De nada, compadre.
Para eso estamos los amigos...
Recuerdo la primera vez que te enseñe a Zeppelin. Te quedaste: ¿Qué pedo con este wey? Pero, pocos meses después te diste cuenta de tu error.
Lo mismo pasó con Pink Floyd (nadamás que ellos si están más loquillos y avant-gardè...)
Y, ¡Viste la luz! Ponte a pensar... ¿Cuánta gente sigue escuchando mierda? Miles. ¿Cuántos escuchamos música que verdaderamente vale la pena? Pocos.
Desgraciadamente, Richard "Rick" Wright falleció hace ya medio año (como pasa el tiempo) y puedo decir lo mismo que tú: algo en mí murió con el; su música y su habilidad con el teclado (sus típicos sonidos fantasmagóricos, misteriosos o espaciales) simplemente rebasaban los límites impuestos por el ser humano para llegar a convertirse en lo divino, en lo perfecto, cosa que dudo mucho que otra persona vuelva a lograr.
Un año de dedicarme (en mi corta y vana vida) casi exclusivamente a escuchar a Pink Floyd y cada vez que me deleito con una de sus canciones, simplemente encuentro algo que antes no estaba ahí, algo diferente y renovador, que mantiene sus rolas siempre frescas, siempre nuevas, siempre cambiantes pero, también, siempre hermosas.