domingo, 12 de diciembre de 2010

El tiempo es lo único que sobra

Cuenta la historia acerca de un hombre que se caracterizó durante toda su vida por llevar un lujoso y preciso instrumento para medir el tiempo enredado en el contorno de su muñeca izquierda. Vivía atrapado en el constante mirar e interpretar lo que el aparato le tenía que decir con cada instante que pasaba, con cada momento que se le desvanecía. Regía su quehacer diario de acuerdo a lo que dictaban las manecillas doradas en cada movimiento que hacían. Este hombre se llamaba —o le decían— don José y las fuentes más confiables dicen que se apellidaba Asecas, pero el principal motivo de éste texto no es debatir sobre el verdadero nombre del personaje a que se refiere y por eso me abstengo de indagar más acerca del asunto. Baste con decir que don José Asecas es —o fue— un personaje de la vida real, llámese así o no, y que tenía un reloj fino comprado y hecho en no sé cuál país europeo que es conocido en todo el mundo por sus precisas e inigualables y lujosas y precisas y finas e inigualables y precisas y lujosas maquinitas.

El señor Asecas no acostumbraba a perder el tiempo —lo llevaba a todos lados, enredado a su muñeca izquierda—, pero cuando lo hacía —perder el tiempo—, que le sucedía una vez al año, se enfadaba como niño pequeño y empezaba a golpear todos los objetos y sujetos que encontraba a su paso. Su esposa, un perro, una ventana, su escritorio, la secretaria, su hijo, su otro hijo, el gato del vecino, una ventana, su esposa, su escritorio, su otro hijo, el gato del vecino, un perro, su hijo. Todos esos y otros fueron víctimas de la tempestuosa ira que padecía don José. Todos llegaron a odiarlo. Todos tenían la forma del reloj grabada en algún lugar de su cráneo a manera de un molde cerebral que les recordaría toda la vida el lema personal de don José: “Siempre hay tiempo, pero nunca lo pierdas.”

Así fue que todos los perjudicados por la obsesión de don José —su esposa, un perro, una ventana, su escritorio, la secretaria, su hijo, su otro hijo y el gato del vecino— empezaron a planear un complot en su contra. Su plan era robar el reloj y no entregárselo nunca más. Se decidió que la esposa debería de vigilar al señor Asecas y tomar el aparato sin que se diera cuenta. La señora de Asecas llevó a cabo lo planeado y consiguió quitarle el reloj a su esposo mientras se bañaba. Rápido se dirigió con sus secuaces para celebrar la victoria. Festejaron con champagne y tuvieron una cena prodigiosa preparada por el gato del vecino y la ventana.

Don José buscaba y buscaba por todas partes, pero seguía sin encontrar su reloj. Estaba seguro de que lo había puesto encima de la mesita de noche antes de meterse a bañar, pero nomás no salía por ningún lugar. Volteó la casa por todos lados y seguía perdido. Le entró un ataque de pánico terrible. Llegó a pensar que se lo habían robado —no muy lejos de la realidad—. Salió corriendo de la casa y no alcanzó a ver el carro que iba directamente hacia él.

*

Para la misa de cuerpo presente se concentraron en la capilla de los Dolores todas aquellas personas que tuvieron que convivir con él en algún momento de su vida . El padre estaba preparándose para oficiar la ceremonia, ya en frente del altar, cuando un monaguillo le pidió permiso de salir rápido, antes de empezar, para terminar un encargo. El padre le respondió: “No hay tiempo.”

Apenas acabó de decir estas palabras, cuando el cadáver de don Raúl se levantó del cofre con los vidriosos ojos bien abiertos y, después de pregonar: “Siempre hay tiempo”, volvió a su posición de entierro y cerró de nuevo los ojos. Esta vez para siempre.

Noches que no llevan a ningún lado

Cierto día desperté dentro de la escuela. Estaba rodeado por cuatro personas cuyas edades ascendían hasta los cuarenta años. Todos ellos llevaban en sus manos diferentes instrumentos musicales. Una tuba, un saxofón, una trompeta y un clarinete deleitaban a la audiencia del teatro con sonidos estridentes e imposibles.

Me levanté de mi escritorio mientras aquellos cuarentones inverosímiles continuaban con su recital.

Cuentos

El anciano que caminaba de un lado al otro de la habitación insistía en contarle historias diferentes en cada nuevo encuentro. Se aparecía por las noches, pero era poco más que imposible encontrarlo mientras el sol navegara por el cielo. Cuando las palabras y oraciones se aventuraban fuera de su boca, sus barbas áureas e inacabables emprendían un complicado movimiento oscilante que derrumbaba todos los objetos no fijos al alcance de ellas. Pero ese día callaba. Callaba porque ella quería dormir, pero el soplo de la oscuridad no la dejaba. Afuera se escuchaban los aullidos desgarradores de los coyotes.

*

Se rindió. Le pidió al anciano que le contara alguna historia para poder dormir. El anciano se negó. Hacía más de doscientos cuarenta y siete años que nadie se negaba a escuchar alguno de sus cuentos y el desprecio inicial de la muchacha lo había ofendido mucho. Ella insistió harto tiempo y el anciano de las barbas de oro, movido por su extrema bondad y su disposición eterna a relatar sus nuevas invenciones literarias, accedió. El cuento de aquella vez es el siguiente:

“Un día del mes de mayo, Juan Alberto llegó a su casa solo para encontrarla deshabitada. Por el polvo y los recibos de los servicios supo que se habían ido hacía apenas unos cuantos meses. Después de tres años de haber estado encarcelado en Ruanda por motivos —verdaderos— que aún le eran desconocidos, ya se había acostumbrado a chingaderas como esta. Ni esposa, ni hijos, ni perro y no podía decir ni pero. En algún pequeño rincón de su mente imaginó con anterioridad este suceso, así que no se sorprendió tanto. Abandonada o no, era su casa y decidió pasar la noche en ese lugar.”

“Cuando despertó fue a donde su suegra para preguntar por su familia, pero la vieja loca lo corrió a escobazos del recibidor sin dejarlo preguntar y sin dirigirle ni una sola palabra. Al menos eso no había cambiado. Fue a la oficina del suegro. Cuando lo encontró, sentado-recostado en su inaudito sillón reclinable, no lo reconoció. Su pelo se había teñido de blanco, estaba más canoso que cuando Juan Alberto había dejado el país para buscar un socio comercial en Europa del este. Lo primero que le dijo don Alfredo era que esperaba su regreso desde hace cinco días —Juan Alberto había salido de la cárcel dos días atrás: tan influyente era el vejete—. Juan Alberto no le prestó mucha atención y preguntó por su esposa e hijos. Don Alfredo le dijo que se encontraban en San Antonio y ya la semana pasada se habían cumplido cuatro meses desde su partida. Juan Alberto le preguntó el por qué. Don Alfredo le contestó:

““Hace dos semanas tu esposa recibió una llamada telefónica mientras estaba en casa de Gloria. Trataron de estafarla. La típica: tía, me pararon en la frontera y me están diciendo aquí los oficiales que me voy a quedar detenido si no les doy diez mil pesos, con eso me libro de cualquier bronca, te hablo para ver si me podías hacer el favor. No cayó, claro. Esa fue la primera advertencia. Apenas una semana después de ese incidente, recibió una segunda llamada de un hombre que amenazó con secuestrar a alguno de tus hijos. El hombre le dijo los nombres de las escuelas en donde estudiaban y sabía en dónde vivían. Esa mañana, por fortuna, los cinco habían amanecido enfermos del estómago por la cena de la noche anterior y habían faltado a clases. Los subió a la camioneta y se fue para Estados Unidos ese mismo día, casi sin maletas y casi sin cosas. Están viviendo con mi hermano Ernesto. Ernesto se fue para allá desde hace como dos años. Natalia me habló el otro día y me contó un par de cosas:

“””Ayer vino un vendedor a ofrecernos joyería antigua. Entre todas las baratijas que tenía, el objeto más interesante era un anillo de oro. Un anillo sencillo y sin incrustaciones, pero que tenía palabras en latín grabadas en todo su cuerpo. Nunca me han gustado las joyas, pero este anillo era precioso y le pregunte cuánto quería por él. Me dijo que me lo dejaba en trescientos dólares, pero siempre se lo regresaban, aún sin obtener su dinero de regreso. Le pregunté la razón:

“”””Todos aquellos que han comprado el anillo han recibido la visita de un huésped muy extraño: un anciano de edad y barbas inmensurables que se hace llamar Melchor y cuya profesión es la de cuentacuentos. No es cualquier cuentacuentos callejero: Es una reliquia de más de mil años y es el mejor. No se sabe de dónde es, pero la última dueña…””””

Amaneció.

El sol despertó de su reposo obligado y continúo su eterno viaje.

La historia se quedó sin terminar.

La muchacha se quedó sin dormir.

Y el anciano se fue con sus años, con sus barbas, con sus cuentos.

sábado, 12 de junio de 2010

Adelanto

Os presento un pequeño adelanto de lo que podría ser un cuento largo o una novela:

"Usted no sabe dónde está. Posiblemente se encuentra recostado sobre una cama, tal vez dentro de un hospital. De lo que tiene certeza, es que no entiende como llegó a ese lugar. Su cabeza le duele sobremanera. La boca tiene un sabor horrible; el conocido gustillo a sangre que posee su saliva le acaricia la lengua, sus papilas gustativas; es como si tuviera un fierro oxidado dentro de ella. Su estómago se encoje y se perfora, pareciera que se digiere a sí mismo, y los fluidos intestinales que contiene luchan por salirse de su recipiente e invaden todo su cuerpo. Sufre como nunca antes ha sufrido. Se preocupa un poco, pero a todos nos toca. Entonces es cuando usted abre los ojos. Voltea hacia todos lados para ver si hay alguien en el cuarto. El cuello le duele al mover la cabeza. Lanza un discreto quejido que parece recorrer toda la habitación y usted no se explica cómo. Entra la enfermera y, al fijar su mirada en usted, forma una involuntaria mueca de asco, repugnancia y lástima que hace que usted se sienta atemorizado, pues no sabe que pasa."