lunes, 14 de julio de 2008

Cuento sin título

Las vacaciones siempre son tiempo de inspiración creativa ¿O no? Por eso he escrito éste cuento para el que, aunque se que es malo, les pido que dejen sus comentarios. Por más que pense en un título no lo pude encontrar...

 

Cuando don Alberto Molina se despertó en la mañana, tuvo el presentimiento de que moriría, cosa que le había sido profetizada en sus sueños. No se alarmó, ya que pensó que a todos en este jodido mundo nos llegaría la hora, sin excepciones de ningún tipo y que cuando ella se presenta, no nos queda otro remedio más que aceptarla y abrazarla, como se hace con un viejo amigo.

     Bajó a prepararse su acostumbrada taza de café negro de la mañana, pero cuando le dio el primer trago, se dio cuenta de que no le sabía a café, sino a tierra. El suceso pasó sin más percances que un “qué raro” de su parte y continuó con sus actividades diarias normales, alerta de cualquier suceso inesperado.

     Tomó el revólver, heredado de muchas generaciones atrás, para poder defenderse contra los asaltantes que, desde el surgimiento de la crisis, habían aparecido hasta en las colonias más seguras. Salió a la calle y se fue caminando a su trabajo. Era el dueño de una de las empresas más prósperas de la región y se había destacado por su bondad con los demás, menos con sus propios empleados.

     Al llegar, se sentó en el cómodo sillón de su oficina y ordenó a todos que no lo molestaran aunque el edificio estuviera en llamas. Hizo algunas llamadas a socios y clientes importantes de la compañía y los puso al corriente de la situación en la que se encontraban. La crisis por fin los había alcanzado y era necesario hacer un recorte de personal. Todos estuvieron de acuerdo que, antes de cerrar el año, despedirían a dos mil personas de las seis mil que actualmente laboraban.

     A la hora de la cena se dio cuenta de que no tenía hambre, lo que era muy extraño, considerando que no había probado comida desde un día antes en la noche. Decidió ir a al restaurant más lujoso de la ciudad y ordenó la carne más cara del menú, junto con la mejor botella de vino tinto. Les encontró un gusto a huevos podridos y agua de mar y pensó que ése debía de ser el sabor de la muerte.

     Cuando regresaba a su casa, por ahí de las once de la noche, fue atacado por dos de sus empleados, que habían estado tomando en una cantina cercana y tenían viejos rencores contra él. Lo amenazaron con una navaja que había sido afilada esa misma mañana. Pero don Alberto tuvo tiempo para sacar su revólver y lo pudo descargar contra sus agresores, que quedaron tendidos en medio de la calle.

     Se acercó a echarles una última mirada y pensó en lo que le hubiera sucedido si no hubiera tomado el arma en la mañana. Se jactaba de haber sido el primer hombre capaz de burlar a la muerte.

     Pero los vecinos, que habían escuchado los dos disparos, salieron al encuentro de don Alberto y, enardecidos, no se dejaron convencer por sus razones y decidieron repartir la justicia con sus propias manos. Descargaron sus pistolas, cayeron sobre él machetes, cuchillos de cocina y demás mortíferos objetos; y así, lo despojaron de su miserable existencia.

Escrito y publicado por: Luis Fernando Cantú

4 comentarios:

David Villarreal G. dijo...

Keep up the good work brother. Me gusto lo frío del cuento .. Sin clichés .. Directo al pedo. con madre.

David Villarreal G. dijo...

aunque recuerdo haber leìdo
"taza de cafè negro" en alguna
parte.. hmm, Aureliano..??

Anónimo dijo...

jajajaj estaa chistoosoo..!!
eress un looser

peroo sii sii me gustoooo

Kocho..!! dijo...

Esta chido tu cuento
suena medio Garcíamárquezco