Cuenta la historia acerca de un hombre que se caracterizó durante toda su vida por llevar un lujoso y preciso instrumento para medir el tiempo enredado en el contorno de su muñeca izquierda. Vivía atrapado en el constante mirar e interpretar lo que el aparato le tenía que decir con cada instante que pasaba, con cada momento que se le desvanecía. Regía su quehacer diario de acuerdo a lo que dictaban las manecillas doradas en cada movimiento que hacían. Este hombre se llamaba —o le decían— don José y las fuentes más confiables dicen que se apellidaba Asecas, pero el principal motivo de éste texto no es debatir sobre el verdadero nombre del personaje a que se refiere y por eso me abstengo de indagar más acerca del asunto. Baste con decir que don José Asecas es —o fue— un personaje de la vida real, llámese así o no, y que tenía un reloj fino comprado y hecho en no sé cuál país europeo que es conocido en todo el mundo por sus precisas e inigualables y lujosas y precisas y finas e inigualables y precisas y lujosas maquinitas.
El señor Asecas no acostumbraba a perder el tiempo —lo llevaba a todos lados, enredado a su muñeca izquierda—, pero cuando lo hacía —perder el tiempo—, que le sucedía una vez al año, se enfadaba como niño pequeño y empezaba a golpear todos los objetos y sujetos que encontraba a su paso. Su esposa, un perro, una ventana, su escritorio, la secretaria, su hijo, su otro hijo, el gato del vecino, una ventana, su esposa, su escritorio, su otro hijo, el gato del vecino, un perro, su hijo. Todos esos y otros fueron víctimas de la tempestuosa ira que padecía don José. Todos llegaron a odiarlo. Todos tenían la forma del reloj grabada en algún lugar de su cráneo a manera de un molde cerebral que les recordaría toda la vida el lema personal de don José: “Siempre hay tiempo, pero nunca lo pierdas.”
Así fue que todos los perjudicados por la obsesión de don José —su esposa, un perro, una ventana, su escritorio, la secretaria, su hijo, su otro hijo y el gato del vecino— empezaron a planear un complot en su contra. Su plan era robar el reloj y no entregárselo nunca más. Se decidió que la esposa debería de vigilar al señor Asecas y tomar el aparato sin que se diera cuenta. La señora de Asecas llevó a cabo lo planeado y consiguió quitarle el reloj a su esposo mientras se bañaba. Rápido se dirigió con sus secuaces para celebrar la victoria. Festejaron con champagne y tuvieron una cena prodigiosa preparada por el gato del vecino y la ventana.
Don José buscaba y buscaba por todas partes, pero seguía sin encontrar su reloj. Estaba seguro de que lo había puesto encima de la mesita de noche antes de meterse a bañar, pero nomás no salía por ningún lugar. Volteó la casa por todos lados y seguía perdido. Le entró un ataque de pánico terrible. Llegó a pensar que se lo habían robado —no muy lejos de la realidad—. Salió corriendo de la casa y no alcanzó a ver el carro que iba directamente hacia él.
*
Para la misa de cuerpo presente se concentraron en la capilla de los Dolores todas aquellas personas que tuvieron que convivir con él en algún momento de su vida . El padre estaba preparándose para oficiar la ceremonia, ya en frente del altar, cuando un monaguillo le pidió permiso de salir rápido, antes de empezar, para terminar un encargo. El padre le respondió: “No hay tiempo.”
Apenas acabó de decir estas palabras, cuando el cadáver de don Raúl se levantó del cofre con los vidriosos ojos bien abiertos y, después de pregonar: “Siempre hay tiempo”, volvió a su posición de entierro y cerró de nuevo los ojos. Esta vez para siempre.
1 comentario:
Es el mejor final que he leído en mi vida. jajaja excelente cuento compa!.. debo decir que me recordó a Monterroso!
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