El anciano que caminaba de un lado al otro de la habitación insistía en contarle historias diferentes en cada nuevo encuentro. Se aparecía por las noches, pero era poco más que imposible encontrarlo mientras el sol navegara por el cielo. Cuando las palabras y oraciones se aventuraban fuera de su boca, sus barbas áureas e inacabables emprendían un complicado movimiento oscilante que derrumbaba todos los objetos no fijos al alcance de ellas. Pero ese día callaba. Callaba porque ella quería dormir, pero el soplo de la oscuridad no la dejaba. Afuera se escuchaban los aullidos desgarradores de los coyotes.
*
Se rindió. Le pidió al anciano que le contara alguna historia para poder dormir. El anciano se negó. Hacía más de doscientos cuarenta y siete años que nadie se negaba a escuchar alguno de sus cuentos y el desprecio inicial de la muchacha lo había ofendido mucho. Ella insistió harto tiempo y el anciano de las barbas de oro, movido por su extrema bondad y su disposición eterna a relatar sus nuevas invenciones literarias, accedió. El cuento de aquella vez es el siguiente:
“Un día del mes de mayo, Juan Alberto llegó a su casa solo para encontrarla deshabitada. Por el polvo y los recibos de los servicios supo que se habían ido hacía apenas unos cuantos meses. Después de tres años de haber estado encarcelado en Ruanda por motivos —verdaderos— que aún le eran desconocidos, ya se había acostumbrado a chingaderas como esta. Ni esposa, ni hijos, ni perro y no podía decir ni pero. En algún pequeño rincón de su mente imaginó con anterioridad este suceso, así que no se sorprendió tanto. Abandonada o no, era su casa y decidió pasar la noche en ese lugar.”
“Cuando despertó fue a donde su suegra para preguntar por su familia, pero la vieja loca lo corrió a escobazos del recibidor sin dejarlo preguntar y sin dirigirle ni una sola palabra. Al menos eso no había cambiado. Fue a la oficina del suegro. Cuando lo encontró, sentado-recostado en su inaudito sillón reclinable, no lo reconoció. Su pelo se había teñido de blanco, estaba más canoso que cuando Juan Alberto había dejado el país para buscar un socio comercial en Europa del este. Lo primero que le dijo don Alfredo era que esperaba su regreso desde hace cinco días —Juan Alberto había salido de la cárcel dos días atrás: tan influyente era el vejete—. Juan Alberto no le prestó mucha atención y preguntó por su esposa e hijos. Don Alfredo le dijo que se encontraban en San Antonio y ya la semana pasada se habían cumplido cuatro meses desde su partida. Juan Alberto le preguntó el por qué. Don Alfredo le contestó:
““Hace dos semanas tu esposa recibió una llamada telefónica mientras estaba en casa de Gloria. Trataron de estafarla. La típica: tía, me pararon en la frontera y me están diciendo aquí los oficiales que me voy a quedar detenido si no les doy diez mil pesos, con eso me libro de cualquier bronca, te hablo para ver si me podías hacer el favor. No cayó, claro. Esa fue la primera advertencia. Apenas una semana después de ese incidente, recibió una segunda llamada de un hombre que amenazó con secuestrar a alguno de tus hijos. El hombre le dijo los nombres de las escuelas en donde estudiaban y sabía en dónde vivían. Esa mañana, por fortuna, los cinco habían amanecido enfermos del estómago por la cena de la noche anterior y habían faltado a clases. Los subió a la camioneta y se fue para Estados Unidos ese mismo día, casi sin maletas y casi sin cosas. Están viviendo con mi hermano Ernesto. Ernesto se fue para allá desde hace como dos años. Natalia me habló el otro día y me contó un par de cosas:
“””Ayer vino un vendedor a ofrecernos joyería antigua. Entre todas las baratijas que tenía, el objeto más interesante era un anillo de oro. Un anillo sencillo y sin incrustaciones, pero que tenía palabras en latín grabadas en todo su cuerpo. Nunca me han gustado las joyas, pero este anillo era precioso y le pregunte cuánto quería por él. Me dijo que me lo dejaba en trescientos dólares, pero siempre se lo regresaban, aún sin obtener su dinero de regreso. Le pregunté la razón:
“”””Todos aquellos que han comprado el anillo han recibido la visita de un huésped muy extraño: un anciano de edad y barbas inmensurables que se hace llamar Melchor y cuya profesión es la de cuentacuentos. No es cualquier cuentacuentos callejero: Es una reliquia de más de mil años y es el mejor. No se sabe de dónde es, pero la última dueña…””””
Amaneció.
El sol despertó de su reposo obligado y continúo su eterno viaje.
La historia se quedó sin terminar.
La muchacha se quedó sin dormir.
Y el anciano se fue con sus años, con sus barbas, con sus cuentos.
1 comentario:
me recordó a "las mil y una noches"... cuento sobre otro cuento, sobre otro y sobre otro... se ve que le metiste coco a éste! jajaj
very good my dear friend! keep it up!
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